Un gobierno es ético en la medida en que logra articular lo mejor de nosotros como sociedad.
Foto portada: Imagen de archivo de la Casa de Nariño, tomada de Presidencia
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Desde que inicié mi camino académico, he definido una postura política que sintetiza mis creencias en los valores sobre la vida pública. Sin duda, me reclamo como un liberal institucionalista y, es desde allí que busco pensar, sentir y actuar de manera coherente cada aspecto relacionado con lo político, con el poder. Pero, ¿qué significa esto en la vida práctica?
Lo primero por decir es que las libertades individuales, es decir, la manera como escogemos nuestras maneras de vivir y de actuar en la sociedad no pueden estar sujetas a presiones dogmáticas o a anquilosadas estructuras que atenten contra los criterios mismos para el desarrollo de nuestro proyecto de vida. Lo segundo es que las instituciones del Estado deben garantizar la igualdad de oportunidades para que cada quién pueda construir dicho proyecto personal con la responsabilidad de asegurar, en cada acción, el bienestar del conjunto de la sociedad. En mi vida personal y pública, estos dos criterios son irrenunciables. Creo en la libertad y creo en las instituciones.
Cuando releía los teóricos clásicos en estos días para reafirmarme en lo dicho, me encontré con dos máximas que sustentaron siempre mis principios. La primera, Max Weber, uno de mis sociólogos favoritos, en su libro El político y el científico dijo “el político debe tener: amor apasionado por su causa, ética de su responsabilidad y mesura en sus actuaciones”. Spinoza escribió sobre el gobierno: “Porque una multitud libre se guía más por la esperanza que por el miedo”. Ambos enunciados reconfortaron mi cabeza y, a la vez, me llevaron a pensar en el país, y particularmente en mi Quindío, el espacio vital que me ha hecho lo que soy, que me dotó de palabra, de creencias, de maneras de pensar y de ser para Colombia de una manera diferente. ¿Cómo contagiar a los quindianos de aquello que son cotidianamente y que por ser tan común en nuestro actuar no logramos ver como algo sorprendente?
Para esa tarea, no encuentro otro valor mayor que destacar el tesón que se pone en el trabajo honesto y en el establecimiento de una sociedad justa como los medios para superar toda adversidad. Así mismo es a partir de la confianza en la esperanza conjunta de un presente prometedor como se determina el futuro que, en tanto herencia, pretendemos entregar como un don a las generaciones porvenir.
Pero también en nuestros contextos se ha pensado lo político desde el punto de vista ético. Recuerdo haber leído de Luis Carlos Galán unas frases que parecían haberse inspirado en el Quindío y en su gente: “La fuerza de un pueblo está en la conciencia de sus derechos. En la conciencia de sus deberes” (…) “La justicia, como la libertad y la vida, tenemos que conquistarla todos los días. La lucha por estos ideales no termina nunca”.
Titulé esta columna NO TODO VALE; esto, porque la ética y la política no están separadas de la vida privada y de la pública como muchos politiqueros dicen. Somos uno solo, dentro y fuera de casa. En mi caso, especialmente, porque ese ser y hacer con el que el Quindío me construyó como persona, no se puede permitir negociación alguna que ponga en peligro la libertad y la justicia cuando de construir el bien público se trata.
Un gobierno es ético en la medida en que logra articular desde estos valores lo mejor de nosotros como sociedad. La manera de enfrentar y gestionar las adversidades debe ocurrir sin apelar a atajos morales, congregando lo mejor y a los mejores de cara a la responsabilidad frente a cada uno de quienes con su voto delegan esa tarea. Negociar los principios y valores fundadores del departamento o renunciar a ellos es dejar de existir como quindianos y desaparecer de la historia o ser recordados con indignación e ignominia por las generaciones que vendrán. Ese debe ser el temor que sobrecoja a quien pretende ocupar la función del gobierno en el departamento: “ser recordado con vergüenza”.
Quiero enfatizarles a mis lectores que no es un favor la representación que le otorga la sociedad a un mandatario para que la lidere. Por el contrario, es la responsabilidad para hacer un trabajo bien hecho, con todos y para todos los quindianos. Volviendo a Luis Carlos Galán: “Compañeros, el viaje continúa con la misma brújula, con el mismo destino, con una nave más grande”.
Pensar en la ética de lo público para el proceso electoral que viene significa no negociar los principios y los valores con los cuales el departamento fue fundado. El fin no justifica los medios y no todo vale en política. Existen unas líneas rojas que no deben cruzarse bajo ninguna justificación, y cruzarlas, significa la traición a los valores que fundaron nuestro departamento.
No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos.
Pablo Jaramillo Arango
Doctor en Estudios Políticos y Jurídicos
Fuente: El Tiempo
